Un día la vida dibujó trazos de emoción en mis ojos, sucedió en el instante que mi barco avanzó lentamente a través de una espléndida bahía donde las imágenes parecían poesía, estaba en el lugar más hermoso que jamás hubiera visto nunca, de hecho, creí estar ya en el Edén, aunque sencillamente me encontraba en Bahía Paraíso.
Nunca un topónimo fue tan justo en su designación como el que se usó para designar a este refugio de esplendor y belleza situado en la península Antártica.

Se trata de una bahía de aguas calmas donde flotan los hielos en armonía, mientras los pingüinos nadan en grupos a velocidad de vértigo pegando pequeños saltos que apenas dejan sutiles huellas en la superficie. Terreno celestial, donde las ballenas jorobadas parecen no querer desentonar la concordia y se sumergen con delicadeza, dejando sus impactantes acrobacias para otra ocasión.
En Bahía Paraíso, todo elemento ocupa su lugar en una especie de convenio a favor de la armonía, incluso las instalaciones humanas parecen contagiarse de ese pacto de caballeros y las dos bases existentes, la argentina Almirante Brown y la chilena Gabriel Gónzalez Videla, se integran con soltura en el conjunto paisajístico; al menos esta vez el ser humano parece no cometió el pecado de competir con la naturaleza.

La Antártida muestra aquí lo mejor de su repertorio hasta el punto de que uno ya no se acuerda de sus inherentes peligros, del frío, de la lejanía y de sus sacrificados y duros temporales, porque al verte aquí inmerso uno se encuentra sin palabras y cada instante se convierte en un nuevo recuerdo que no se expresa, se transmite a través de esa fría brisa que lo envuelve todo.

Paso horas tomando fotografías en cubierta, nada se mueve, todo está en calma, qué escenario más silencioso y acogedor al mismo tiempo. La efímera noche del verano polar empieza a caer con esos colores azules pálidos que no llegan nunca a oscuridad y que provocan el reflejo de las montañas sobre el mar, en este momento me veo totalmente embargado por mis propias emociones, aunque el frío me hace recordar que ya es hora de dejar el paraíso.

Me marcho con dolor a la cama, tristeza de saber que cuando me despierte el paraíso se habrá ido y nunca volveré a verlo jamás. Volveré a ser un triste mortal y por ello me duermo recitando a mi paisana Rosalía de Castro, diciendo con amargura aquello de «adiós vista de mis ojos, no sé cuándo veremos».

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Actualizado el 24 agosto, 2024.
Publicado por Miguel Ángel Otero Soliño


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