El Pazo de Pegullal es un regalo para los sentidos, una casa señorial cuya fotogenia natural se ha visto enriquecida por un conjunto de jardines y viñedos que generan un lienzo que nunca sé te borrará de la memoria.

Pese a su infinita belleza, el Pazo de Pegullal, localizado en Salceda de Caselas, es aún es un rincón muy desconocido de Galicia (solo está abierto a las visitas desde 2021), pero es cuestión de tiempo de que se convierta en uno de los principales destinos turísticos de la provincia de Pontevedra.

Atractivos no le faltan, porque Pegullal es una oda a la integración paisajística; un espacio donde el paseo se tiñe de toques italianos, con un conjunto de galerías florales, que generan sombras y marcos para los retratos de los visitantes.

Estas «corredoiras» o bien te dirigen hacia espectaculares miradores, donde uno puede admirar las «olas» de viñedos que bordean el pazo, o bien desembocan en fuentes o estanques donde se hacen constantes alegorías a la cultura clásica o a la identidad gallega.


Los surtidores de agua son uno de los elementos más logrados del conjunto, con representaciones de elefantes, dragones o mismo de la fauna más característica de Galicia, sin olvidarnos de otras fuentes que homenajean al costumbrismo, la cultura clásica o incluso a la gastronomía local.

Una de las fuentes principales está dedicada a San Benito, santo que tiene el privilegio de tener sede permanente en la capilla del pazo. Este singular templo es uno de elementos originales que se conservan y sorprende por su fachada, por la que trepa libremente la vegetación, dándole matices y colores que mutan a lo largo del año.

Próximo a la capilla, se encuentra el hórreo de madera que narra como ninguno el carácter rural de una finca famosa por su productividad, que aunque ahora está centrada en el vino, en su momento contaba con plantaciones de kiwis y de otros árboles frutales.


Es mucha y variada la diversidad floral del pazo. Destaca por su abundancia los camelios (el jardín forma parte de la prestigiosa Ruta de la Camelia) y los magnolios, pero siempre hay sitio para la elegancia de las rosas o las gardenias, que son decorados vivos de unos jardines que cuentan incluso con un espectacular laberinto.

El fluir del agua, la engalanada sombra e incluso el sonido de los pájaros se mezclan en armonía, generando un conjunto de placeres que te acompañan durante toda la visita y que termina con una degustación de vinos.
La centenaria historia del pazo, combinada con la acertada labor realizada por el equipo de jardineros y arquitectos paisajísticos, han dotado a este pazo de un alma única que emociona a quien lo visita.
Un sueño de una tarde de verano, de una mañana de invierno, de un amanecer de primavera y de un atardecer de otoño; un sueño sensorial que existe y que te está esperando.

Actualizado el 12 noviembre,2024.
Publicado por Miguel Ángel Otero Soliño


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