Estamos en octubre de 1910 y una revuelta de cariz republicano se extiende por los cuarteles de Portugal y ante la falta de apoyo popular y militar, el rey Manuel II decide abandonar el Palacio Real de Mafra, donde se había refugiado, y se dirige a la costa de Ericeira para embarcarse a un exilio que supondría el fin de la monarquía en Portugal, una institución que había gobernado Portugal en sus años de esplendor y que ahora se derrumbaba en un abrir y cerrar de ojos.

Los últimos días del rey en tierras portuguesas (no volvería a pisar Portugal hasta su muerte en 1932) los pasó en este inmenso palacio real existente en la localidad portuguesa de Mafra situada a unos 50 km de Lisboa.
Curiosamente, Manuel II no había sido el primer rey que había partido al exilio desde este grandioso complejo residencial; así ya el rey João VI se le había adelantado tras escapar desde aquí a Brasil con toda su corte a consecuencia de la amenaza de las tropas napoleónicas.

La cercanía del palacio a la costa atlántica hacía de este palacio un lugar idóneo para las «escapadas furtivas» de los monarcas, quienes normalmente utilizaban el edificio como residencia veraniega o de caza.
El Palacio Nacional de Mafra nació en 1717 por iniciativa del rey João V, como promesa por haberle concedido descendencia con la reina María Ana de Austria, de ahí que no solo se construyese las instalaciones palaciegas, sino también un convento y una enorme basílica para conmemorar la intervención divina.

Diseñado por el arquitecto João Frederico Ludovice es una de las joyas del barroco portugués, de hecho el conjunto conformado por el palacio, el convento, los jardines y el área forestal anexa (Tapada Nacional de Mafra) fueron incluidos en 2019 en la lista de patrimonio mundial de la Unesco.
La labor de construir este inmenso monumento se financió en gran parte con los beneficios económicos obtenidas por la monarquía con el comercio de oro de Brasil y se dice que se emplearon más de 50.000 trabajadores en levantar el conjunto; todo ello hace el palacio sea considerado uno de los principales símbolos de la represión del poder absolutista de los monarcas portugueses y tenga mala fama en algunos círculos sociales portugueses.

Fuera del contexto en el que se creó, el Palacio impresiona al visitante, especialmente cuando uno lo admira desde la explanada principal, momento en que uno se da cuenta de sus colosales dimensiones; en su interior el elemento más sobresaliente es su biblioteca, aunque tanto las salas privadas del palacio o del convento exhiben piezas de la época que ayudan a entender la riqueza del Portugal de la época.
Símbolo del absolutismo portugués u obra maestra de la arquitectura portuguesa del siglo XVIII, elige la etiqueta que consideres ponerle, pero para conocer la historia de Portugal es necesario visitar este monumento, testigo del poder y de la caída de la monarquía portuguesa.


Actualizado el 11 julio,2023.
Publicado por Miguel Ángel Otero Soliño

Deja un comentario