Era 24 de abril de 2005, y la noche de León estaba tan fría como siempre. Nos reíamos al son de las cervezas cuando las agujas del reloj se alinearon, marcando las 12 y dando nacimiento a un nuevo día. En ese momento, miré con picardía a mis amigas portuguesas, Mafalda y Elisabete, y con sigilo cambié la música del portátil. Al sonar la nueva melodía, su sorpresa fue mayúscula: se dieron cuenta de que lo que escuchaban era Grândola, Vila Morena. Me miraron, sonrieron y les dije: “¡Feliz 25 de Abril!”

Sabía que la canción les iba a emocionar, porque a todo el mundo, cuando está fuera de su país, le surge de vez en cuando la necesidad de sentir añoranza por su tierra. Pocos himnos vibran tanto en el corazón de los lusos como esta hermosa melodía. La escucharon en silencio y reflexión; por momentos, sintieron como suyas las palabras de Zeca Afonso, autor de esta oda a la fraternidad de los habitantes de Grândola, una pequeña ciudad del Alentejo, que se convertiría en el himno de la Revolución de los Claveles.
Siempre me ha apasionado esta canción, porque está llena de sentimientos y, al mismo tiempo, es contundente en su mensaje. La mayoría de los himnos hablan de armas, sangre, patria, orgullo y superioridad, pero Grândola, Vila Morena no es así. Sus letras exaltan la igualdad, el compañerismo y la fraternidad, y al mismo tiempo recuerdan que, pese a los intentos de los poderosos, es el pueblo quien manda y ordena.
Pese a lo que se suele creer, Grândola, Vila Morena no fue la canción que inició la Revolución de los Claveles; ese honor recayó en la melodía de “E depois do Adeus” de Paulo de Carvalho. Sin embargo, serían las censuradas letras de José Afonso las que confirmarían que todo transcurría correctamente y permitirían poner en marcha la ocupación de los puestos estratégicos del país.
La revolución pronto recibiría un calor ciudadano masivo y, en pocas horas, lograría derrumbar la que fue la dictadura más longeva de Europa. No obstante, sería durante los movimientos contrarrevolucionarios posteriores al 25 de Abril cuando la canción se popularizaría y se convertiría en un arma del pueblo, frente a los ataques que buscaban tambalear la recién recuperada democracia.

Muchos consideran a los portugueses un pueblo triste, tímido y melancólico, pero nada más lejos de la realidad. Quizás su profunda emotividad nos confunda, pero hablamos de un pueblo que no solo fue capaz de cruzar los océanos y descubrir nuevas tierras, sino que también derrotó a uno de los últimos regímenes fascistas del mundo empuñando claveles en lugar de bayonetas. En 1974, Portugal dio un ejemplo al mundo de cómo derrocar una dictadura sin apenas derramar sangre.
Meses después de aquella cena con mis amigas, me fui a vivir a Lisboa. Aquella experiencia, que se prolongó por más de cuatro meses, me permitió profundizar en mi comprensión de la identidad portuguesa, con la que siempre me había sentido muy vinculado por cercanía geográfica y cultural.
En aquellos tiempos, previos a la crisis, la Revolución de los Claveles y toda su parafernalia estaban demasiado institucionalizadas en la sociedad portuguesa. Puentes, colegios, calles, etc., hacían mención a los héroes de aquella revuelta popular, pero el espíritu del 25 de Abril parecía disolverse en el día a día de la democracia corriente. De hecho, reconozco que este punto me desorientaba un poco, ya que no entendía cómo este hermoso patrimonio podía quedar enterrado en la propia exaltación de su recuerdo

Con la llegada de la crisis económica mundial, Portugal cayó en las redes de la Troika capitalista, que impuso medidas draconianas y recortes que avivaron nuevamente la indignación de los ciudadanos portugueses. En este contexto, Grândola, Vila Morena resurgió del olvido mediático y se convirtió de nuevo en un arma de protesta. Los ciudadanos volvieron, con más o menos éxito, a defender sus derechos al son de sus acordes, y cientos de ellos la cantaron al unísono en las multitudinarias manifestaciones que han marcado estos años de expolio.
Quizás uno de los momentos que con más emotividad recuerdo de estos años, se produjo cuando el primer ministro portugués fue interrumpido en el parlamento por un grupo de ciudadanos que desde las gradas entonaron a capea el himno de Zeca Alfonso; Passos Coelho no supo cómo responder y solo pudo esperar a que los supuestos «alborotadores» fuesen desalojados.
En ese momento, muchos portugueses se acordaron del poder de las palabras, de la razón y de esa fuerza imparable de las personas de bien que luchan por sus derechos y libertades. Grândola, Vila Morena sigue viva y, como fuente de inspiración, es más necesaria que nunca, porque nunca debemos dejar de recordar a los poderosos aquello de que “O povo é quem mais ordena”.

Actualizado el 9 marzo,2026.
Publicado por Miguel Ángel Otero Soliño

Deja un comentario