Era primavera del año 2003 y estaba apurando mi último año de mi carrera de Biología, era un día soleado en el que disfrutábamos de un café en la terraza de la cafetería. De pronto, mi compañera, que leía el periódico, empezó a dibujar una sonrisa en sus labios.
– «¿Qué ha pasado?», le preguntamos curiosos.
– «Pues que acaban de inaugurar un nuevo jardín botánico en Gijón y está dedicado a la diversidad Atlántica» nos responde nuestra compañera apasionada desde siempre a la botánica.
– «Habrá que ir» le respondo guiñándole un ojo.
– «Sííííííííí, vámonos. A Asturias»

Estábamos en una época en el que el boom inmobiliario lo consumía todo y la noticia de un proyecto botánico, nos parecía una iniciativa que nos alegraba a la par que oxigenaba nuestra mente. Se habló incluso de dejarles de paso nuestro currículo, pero la realidad es que aquellos estudiantes de biología no tenían mucho dinero y nunca llegamos a hacer ese viaje a Gijón, pero eso la idea de conocer el Jardín Botánico Atlántico quedó como una cuenta pendiente a cumplir.
Fue justo 20 años después, cuando pude al fin conocer este museo vivo, concebido para reflejar la diversidad y belleza de la flora del Atlántico Norte y la verdad que bien puedo decir que la espera valió la pena.

Realmente no es que desde aquella hayan surgido proyectos similares en otras partes de España, de hecho la creación de nuevos jardines botánicos (con su proyecto científico y divulgativo asociado) es algo poco explotado, pese a que estos parajes lúdicos atraen a innumerables visitantes, porque la naturaleza bien expresada siempre es un atractivo de primer nivel.
El jardín del Atlántico es uno de los más lugares interesantes de Gijón; situado a las afueras de la ciudad, en las cercanías de la famosa Universidad Laboral, este pequeño vergel hizo suyo diferentes espacios verdes que habían sobrevivido a la expansión urbana de la ciudad y los integró creando un recorrido de gran interés para «biólogos», pero también para profanos.

A lo largo del paseo por el Jardín Botánico Atlántico de Gijón, que ocupa 25 hectáreas, observamos diferentes ambientes y ecosistemas existentes a ambas orillas del Atlántico Norte, incluidas las zonas costeras; todo ello con una función divulgativa (con carteles y exposiciones temáticas) a la que hay prestar si o si atención, porque si no es casi imposible acertar las preguntas que te guiaran por su famoso laberinto.

Un espacio que si Vivaldi lo hubiera conocido, seguramente le habría servido de inspiración para su célebre obra de «Las 4 estaciones», porque el jardín muta y explota sus coloridos según el ciclo anual que despliega la naturaleza.
Una oda a la biodiversidad, que se complementa con un Banco de Germoplasma, que almacena semillas de especies claves de la flora asturiana, y un Herbario donde se recopila el conocimiento necesario para interpretar mejor la diversidad vegetal ibérica.

La visita por el jardín nos ha encantado y puedo decir que por un momento vuelvo a sentir esas cosquillitas biológicas que tenía durante la carrera y que por desgracia estaban algo adormecidas; sensaciones que uno disfruta recuperándolas y que ahora gracias a este rincón de Gijón están de nuevo presentes.

Actualizado el 6 octubre,2023.
Publicado por Miguel Ángel Otero Soliño

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